De Marianao a Miami

A Miami le debo un libro. Una novela que estoy elucubrando donde la ciudad sea protagonista. Una trama de amores imposibles. Para agradecerle todos estos años de libertad
Por Raúl Hernández / Fotografía Luis Bello
November 1, 2019
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Aunque algunos en ocasiones piensen lo contrario, en el sur de la Florida se siente Cuba, se respira Cuba, se vive Cuba. Son muchos los que sufren y sueñan a diario con la cercana isla que padece desde hace seis décadas una dictadura que le quiebra el presente y le arrebata el futuro, escamoteando la historia y tratando de borrar la memoria. 

Aquí hay cubanos por todos lados. En Miami, Hialeah o Kendall, están en mercados, oficinas, hospitales y tiendas. Unos hacen tamales, otros gabinetes de cocina. Los hay que son maestros, policías, médicos, políticos, carpinteros y también periodistas. Entre todos mantienen viva el alma de Cuba.

Juan Manuel Cao es uno de ellos. Llegó al exilio hace tres décadas. En Miami se hizo periodista. Aquí ha ganado reconocimiento y mérito. Como reportero ha viajado medio mundo. Ha escrito libros, canciones, artículos y hasta guiones de cine. De lunes a viernes lo vemos en América TeVe. La radio y la televisión han sido sus tribunas preferidas. Su programa El Espejo tiene miles de seguidores fieles. Su opinión pesa, porque es de los que dice lo que piensa, sin miedo, con pasión.

Intentar entrevistar a quien tantas entrevistas han hecho en su vida es un poco complicado, pero para hacerlo sencillo he preferido lanzarle un pequeño puñado de preguntas, con la única esperanza de que podamos conocerlo mejor.

¿En qué momento decidió dedicarse al periodismo?

Traté de estudiar periodismo en Cuba, pero no era militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, la selectiva UJC, y al menos en mi época ése era un requisito indispensable. 

Tuve un bisabuelo periodista en Cienfuegos, allá por los principios de la república, no lo conocí, pero en mi casa había viejos recortes de sus escritos, era lo que llamaban un polemista, y también fue músico, poeta y loco. Supongo que algo de su espíritu heredé.  

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Siendo muy joven estuvo preso en Cuba. ¿Por qué lo condenaron? ¿Aprendió algo en la prisión?

Sí, siendo aún adolescente fui a dar a la cárcel: unas inmerecidas vacaciones de tres años. Me acusaron de escribir “propaganda enemiga”, una aberración jurídica por la cual aún procesan a muchos opositores. ¿Qué aprendí en la prisión? Bueno, además de a cantar guaguancó, aprendí que la libertad se lleva por dentro. Es irónico, pero allí me sentí libre por primera vez, pues ya no tenía necesidad de fingir, ni de escudarme en la doble moral. Fue un alivio. 

¿Cómo se las arreglas de lunes a viernes para buscar temas y conformar su programa El Espejo?

Tengo un equipo de producción. Pequeño pero eficiente: Ana Olema y Aida Calviat. Debería omitir sus nombres para que no me las roben. Ellas son mi arma secreta.

Además de periodista, es también escritor y músico, con libros y discos publicados. Si tuviera que escoger entre esas profesiones, ¿con cuál se quedarías?

Mis amigos se burlan diciendo con ironía que soy un hombre del renacimiento, tal vez porque mi primer trabajo fue como dibujante. Muy malo, por cierto. Pero yo respondo que en realidad sólo hago una cosa: escribir. Escribir reportajes, escribir libros, escribir canciones. Escribir y escribir. Eso es lo que me gusta. No me pidan otra cosa. 

Cuba sigue siendo un tema recurrente en tu labor periodística. ¿No le preocupa perder la objetividad después de tanto tiempo fuera de la isla?

No. A veces las cosas se ven mejor desde afuera. Estar dentro no es garantía de objetividad. Los periodistas oficiales viven allí y son lo menos objetivo del mundo. Acá no tenemos que lidiar con la censura o la autocensura. Por otro lado, hacer prensa independiente en semejante dictadura sigue siendo una tarea titánica: enfrentando problemas de recursos, de transporte, sin acceso libre a Internet, sin poder entrevistar libremente a los dirigentes, y con frecuencia acosados, golpeados o condenados. 

Gracias a estar fuera he podido entrevistar, o cuestionar a Robaina, a Pérez Roque, a Lage o al propio Fidel Castro. Dentro no habría podido ni acercármeles. Recuerda que por mucho menos que eso, estuve tres años preso. El delito por el que me condenaron: Propaganda enemiga, sigue vigente en el código penal castrista. Nada ha cambiado. 

Con Castro fueron dos los enfrentamientos que tuvo y en ambas ocasiones lo sacó de sus casillas. ¿Se preparó especialmente para esos encuentros?

Todos estamos preparados para enfrentarnos a esos tipos. La vida cotidiana del cubano es un entrenamiento permanente para ello. Porque en el fondo todos sabemos las mentiras que dicen, o las infamias que cometen. Yo sólo tuve, gracias a mi trabajo, la oportunidad de decírselas en la cara. Algo que todo cubano, incluso los de su entorno, ha ensayado en silencio.  Yo, como el niño en el cuento del rey desnudo, sólo dije en alta voz lo que todos estaban y están pensando. De ese modo me convertí, sin querer, en la voz de mi pueblo, en portavoz de la consciencia colectiva. Por eso, tantos años después, la gente me da la mano y me lo agradece. Porque en el fondo sienten que ellos, de estar en mi lugar, habrían hecho y dicho más o menos lo mismo. 

¿Qué le debes a Miami?

A Miami le debo un libro. Una novela que estoy elucubrando donde la ciudad sea protagonista. Una trama de amores imposibles. Para agradecerle todos estos años de libertad: y también el amanecer en la bahía, o la luna sobre el puente de Key Biscayne. 

Hace más de 30 años que saliste de Cuba. ¿Has soñado que estás otra vez allí?

Al principio sí, pero a estas alturas sólo sueño con ver a mi pueblo libre.

¿Te gustaría regresar algún día a Marianao?

Por supuesto. 

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