El Padrino ¿una cosa de hombres?

Por Julio Llerena

April 1, 2019

El Padrino, en una forma básica de disfrute, es ese universo donde el hombre en su estado más elemental reina y no rinde cuentas, salvo las de la lealtad al cómplice. Toda forma de poder -la fuerza física, el dinero...

El Padrino es el I Ching, es la suma de toda la sabiduría, le dice Joe a Kathleen en You’ve Got Mail. El personaje de Meg Ryan le preguntaba al de Tom Hanks por qué los hombres parecen obsesionados con esta película. La respuesta es, obviamente, un artificio propio de una comedia, pero ¿por qué podría sonar tan real?

Habré visto El Padrino unas 50 veces, sin exagerar, pero solo la última vez encontré la escena clave de esa fascinación: la última de la película. Kay Adams acaba de preguntarle a Michael si es verdad que mató a su cuñado Carlo, el esposo de Connie. Y él le responde con una mentira flagrante, pero sin titubear: “No”. Aliviada, Kay sale de la oficina de su esposo a tomarse una copa. Detrás de ella, Clemenza besa la mano del nuevo Don, mientras el guardaespaldas Al Neri le cierra la puerta a Kay, que desaparece en un barrido negro. Fin.

Esa es la escena.

El Padrino, en una forma básica de disfrute, es ese universo donde el hombre en su estado más elemental reina y no rinde cuentas, salvo las de la lealtad al cómplice. Toda forma de poder -la fuerza física, el dinero, incluso la belleza- viene con moraleja, pero lo que hizo el director Francis Ford Coppola fue sublimar la impunidad del poder a extremos donde aún cuando uno paga consecuencias, no es un castigo moral sino los reveses del negocio (It’s not personal, it’s business!).

La mala noticia es que este universo está desapareciendo, y en buena hora, sobre todo en estos tiempos de #MeToo. Pero quizás esa sublimación de la masculinidad tenga que ver con el momento en que El Padrino vio la luz, cuando ese man’s world del que cantaba James Brown empezaba a desvanecerse. A principios de los setenta, el movimiento feminista comenzaba a darle un protagonismo mayor a las mujeres en la vida pública, a la vez que bajaba del trono doméstico al hombre, algo que, a su tiempo, Scorsese se encargó de enfatizar en el retrato que hace de la mafia en Goodfellas y Casino, cuyas mujeres -si no en los negocios por lo menos sí en la trama- eran tan importantes como sus compañeros.

El exitoso largometraje El Padrino pinta un escenario que muchos hombres miran con secreta nostalgia.

No es casual que un amigo periodista y también entusiasta de esta saga opine que el mito de El Padrino acabó con la muerte de Sonny. En ese mundo de absoluta impunidad, Santino “Sonny” Corleone es capaz de partirle la cámara a un fotógrafo, reventar a golpes a su cuñado, o estar con su amante a pocos pasos de su esposa, sin pagar ni un mínimo de consecuencias. Claro, hasta que lo matan.

“Sonny era el rock star, el pegalón, un italiano appasionatto. Iba a acabar con la familia, seguro, pero la familia igual se iba a acabar”, me dice mi amigo. “Luego de que Sonny muere, el Don queda lelo, y lo reemplaza Michael, que es un señorito y un pesado, el imbécil que rechaza a las amigas de Fredo”.

Es cierto: Michael fue soldado (¡voluntario!) antes que gánster y demasiado listo como para dejar a la Famiglia en manos de Tom Hagen, mucho menos del pobre Fredo. Pero era un nerd, una máquina calculadora que no pasaba tiempo con su esposa e hijos, aún contra el consejo de su padre (“el hombre que no dedica tiempo a su familia nunca podrá ser un hombre de verdad”, decía Don Vito). Sin embargo, pagó las consecuencias de ello al término de la segunda parte y durante toda la tercera, cercado finalmente por la culpa.

Pero esto es lo más interesante: el man’s world de los Corleone, el sueño de Michael de vivir en la completa impunidad y aún así aspirar a ser legítimo, se acabó cuando una mujer, Kay, que antes no tenía voz ni voto en las cosas de su esposo, “decidió decidir” en ese mundo de hombres, sobre el espacio que todavía le pertenecía: su propio cuerpo (¡qué actualidad tiene este acto!). Kay abortó a su tercer hijo y se emancipó, aun cuando Michael, incapaz de matarla, la desterró.

Por segunda vez en la saga, una puerta se cierra en la cara de Kay, tras una visita secreta a sus hijos en la Parte II. Esta vez la cierra su esposo. Pero a partir de ese momento, este nuevo Don se convirtió en un hombre odiado, paranoico y solo. Si toda forma de poder, como decía, tiene una moraleja, la del poder absoluto es la desdicha más demoledora, la lección de que toda gran fiesta termina a botellazos.

Hay muchas cosas que me compelen a ver El Padrino una y otra vez, entre ellas la seductora oscuridad de sus escenarios, el milagro de ver el único reparto de actores que podría llamar “perfecto”, o que me parece una película simplemente extraordinaria. Pero también está que cada vez que la veo vuelvo a entrar en ese curioso universo de testosterona, donde el hombre está convencido de que nace con corona.

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